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5 de agosto de 2009


La modernidad es una condición de diseño compulsivo y adictivo.


Allí donde hay diseño, hay residuos. Una casa no está realmente acabada hasta que se han barrido por completo los restos no deseados de la obra.
Cuando se trata de diseñar las formas de convivencia humana, los residuos son seres humanos. Ciertos seres humanos que ni encajan ni se les puede encajar de forma prediseñada. O los que adulteran su pureza y enturbian así su transparencia: los monstruos y mutantes de Kafka, como el indefinido Odradek o el cruce de gatito y cordero: rarezas, deformidades, híbridos que descubren el farol de las categorías aparentemente inclusivas y exclusivas. Borrones en el paisaje por lo demás elegante y sereno. Seres fallidos, de cuya ausencia o destrucción la forma diseñada sólo podría resultar beneficiada, tornándose más uniforme, más armoniosa, más segura y, en suma, más en paz consigo misma.
Otro nombre para designar las nuevas y mejoradas formas de convivencia humana es construcción de orden. Orden, según el Oxford English Dictionary: “la condición en la cual todo está en su lugar apropiado y realiza su función apropiada”. Ordenar (construir orden allí donde imperaba el caos): “Pone o mantener en orden o en la condición apropiada; disponer conforme a las reglas; regular, gobernar, dirigir.”
La probabilidad del orden (cualquier nueva probabilidad de cualquier nuevo orden) hace salir de su guarida al ogro del caos. El caos es el álter ego del orden, un orden con un signo negativo: una condición en la cual algo no está en su lugar apropiado y no realiza su función apropiada (si es que cabe concebir un lugar y una función apropiados para él). Ese “algo” sin domicilio ni función atraviesa la barricada que separa el orden del caos. Su extirpación es el último acto de creación antes de completar las labores de construcción del orden.
No habría orden sin caos, del mismo modo que no habría cabezas sin colas ni luz sin oscuridad. El caos se revela como un estado de caos permitiendo eventos que el orden ha de haber prohibido ya; pero de momento en el que se anunció la prohibición, el caos se habría apresurado a mostrar su rostro. El caos, el desorden, la anarquía, presagian la infinidad de posibilidades y lo ilimitado de la inclusión; el orden significa límites y finitud. En un espacio en orden (ordenado) no todo puede suceder.
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Zygmunt Bauman, Vidas Desperdiciadas (la modernidad y sus parias)
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imagen; contenedores en Liverpool

2 comentarios:

Nieves Soriano Nieto dijo...

¡Qué maravilla!

Abogado de Sofía dijo...

Este tema me ha recordado una frase de Nietzsche:

"Hay que llevar dentro de uno mismo un caos para poner en el mundo una estrella danzante."