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8 de octubre de 2009


Antígona en su tumba es una presencia. En la vida común la persona, en el mejor de los casos, llega a hacer esa su máscara un tanto transparente y al par animada, pues que no hay que olvidar que de luz de vida estamos tratando. Mas en la vida de una persona humana, por dad que sea a la luz, hay siempre una oscuridad y en ella algo que se esconde; la persona resiste a la luz en los mejores casos tanto como la busca. Sólo por el sacrificio se deshace esta resistencia – sacrificio no visible en muchos casos y en otros cumplido en instante violenta y visiblemente, mas incubado desde un principio.


Y así, la persona nunca está del todo presente ni para su propia conciencia y a veces para ella menos aún que para la de ajenos ojos. La presencia íntegra la logra sólo el desposeído de ese núcleo de oscuridad reacio a hacerse visible. El desposeído que es también el desenajenado. Y poco importa que a quien esto ha llegado le sigan doliendo sus heridas y sienta que se le abre y ensancha esa herida formada por la juntura imposible de su ser y de su no-ser; de lo que ha sido y de lo que podría haber sido, de su posibilidad y de la realidad impuesta. La visión de la vida o vivida atormenta a la víctima en trance de desposesión o de desenajenación. Pues que solamente la libertad, cuando se acerca, hace visible la esclavitud; únicamente cuando la identidad del ser que nació humanamente se aproxima, la enajenación en que vivió se apura, se consuma dándose a ver.
Antígona entró en su tumba, según Sófocles, lamentando sus nupcias no habidas. Entra delirando. Y sólo entonces vislumbra, aunque el poeta no lo manifiesta, que no le fue consentido tener esposo para que en ella, por su total sacrificio, se deshiciera el nudo familiar y quedase para siempre de manifiesto la diferencia entre la ley de los hombres, la de los dioses y la ley verdadera que se cierne sobre ellas: la ley por encima de los dioses y de los hombres, más antigua que ellos, y de la que ellos solamente son profecía diáfana, como en Antígona, o en deformada imagen como en toda forma de poder que a ella no se pliegue. Supo entonces que no se le habían consentido las humanas nupcias porque había sido, desde que nació, devorada por el abismo de la familia, por los infiernos de la ciudad. Y entonces se desatan al par su llanto y su delirio. Llora la muchacha – como lloró Juana camino de la hoguera, como han llorado sin ser oídas las enterradas vidas en sepulcro de piedra o en soledad bajo el tiempo. Y el delirio brota de estas vidas, de estos seres vivientes en la última etapa de su logro, en el último tiempo en que su voz puede ser oída. Y su presencia se hace una, una presencia inviolable; una conciencia intangible, una voz que surge una y otra vez. Mientras la historia que devoró a la muchacha Antígona prosiga, esa historia que pide sacrificio, Antígona seguirá delirando. Mientras la historia familiar, la de las entrañas, exija sacrificio, mientras la ciudad y su ley no se rindan, ellas, a la luz vivificante. Y no será extraño así que alguien escuche este delirio y lo transcriba lo más fielmente posible.




La tumba de Antígona, María Zambrano.

2 comentarios:

5minutos dijo...

Bonita entrada. No quería que se quedase sin un comentario :)

Un besito

Estoy pensando que tu blog impone porque siempre dan ganas de preguntar "qué significa?" :O

Nieves Soriano Nieto dijo...

Maravillosa la María Zambrano, una vez más!! Gracias.