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24 de mayo de 2010



[...]El monumento fúnebre, que muestra a Agnes Bernauer con un rosario en la mano y dos cachorros a sus pies, símbolo de la fidelidad conyugal que unía a la muchacha con el pueblo y a su principesco esposo, fue mandado construir por el duque Ernesto, su propio verdugo. La tradición, recogida por el drama de Hebbel, es una fábula de la razón de estado: el duque Ernesto habría admirado profundamente la virtud y la personalidad de Agnes, el purísimo amor que la unía a su hijo, y se habría decidido, con firmeza pero de mala gana, a eliminarla brutalmente en vista de las consecuencias políticas provocadas por el matrimonio y por las sucesivas complicaciones: desórdenes, guerras, revueltas, división y colapso del estado, luchas fratricidas y miseria. Una vez realizado este sacrificio o delito de estado, el duque rindió homenaje a la firmeza moral y a la inocencia de la víctima, erigiéndole –ahora que no constituía un peligro- un sepulcro que la recordara a lo largo de los siglos y retirándose él mismo a un convento; su hijo Alberto, que había tomado las armas contra él para defender y después vengar a su mujer, no tardó en asumir de nuevo los rangos políticos y dinásticos y, reconciliado en nombre de la razón de estado con el padre que le había hecho enviudar, asumió el centro ducal y contrajo luego nuevas nupcias más acordes con su posición.

Agnes fue ahogada en el Danubio y hasta el último momento se negó a salvar la vida renegando de su marido. Para acabar con ella, puesto que flotaba sobre las olas, los esbirros del duque tuvieron que atar su legendaria cabellera a una pértiga y mantener largo rato su cabeza bajo el agua hasta que murió. La acusación formal era de brujería. Al recordar el episodio, el Antiquarius, que escribe al final del siglo de las luces, ya no puede considerarla bruja, pero como buen burgués seculariza la superstición y dice, con desprecio, que había seducido “vergonzosamente” al duque Alberto, el cual, por cierto, no era un niño sino un caballero en la flor de la edad y la había conocido y cortejado durante un torneo en Augsburg. Un hilo rojo une a Emmeram Rusperger, el jurista que formula contra Agnes la acusación de brujería, con el Antiquarius , que la considera una descarada, y con la opinión generalizada, todavía hoy vigente, según la cual si un padre de familia abandona mujer e hijos para irse con una veinteañera, sólo esta última es culpable y él una pobre víctima.[...]
El Danubio, Claudio Magris

1 comentario:

Anónimo dijo...

Amar la trama más que el desenlace...Dos paseantes distraídos...