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2 de agosto de 2010

El caballero no hizo ningún gesto; su diestra enguantada con una férrea y bien engrasada manopla apretó más fuerte el arzón, mientras que el otro brazo, que sostenía el escudo, pareció sacudido por un escalofrío.
-¡Os hablo a vos, paladín!- insistió Carlomagno-. ¿Cómo es que no mostráis la cara a vuestro rey?
La voz salió neta de la mentonera:
-Porque yo no existo, sire.
-¡Esta sí que es buena!- exclamó el emperador-. ¡Ahora tenemos entre nuestras fuerzas un caballero que no existe! Dejadme ver.
Agilulfo pareció vacilar un momento, y después, con mano firme pero lenta, levantó la celada. El yelmo estaba vacío. Dentro de la armadura blanca de iridiscente cimera no había nadie.
-¡Vaya, vaya! ¡Lo que hay que ver!- dijo Carlomagno-. ¿Y cómo os las arregláis para prestar servicio, si no existís?
-¡Con fuerza de voluntad- dijo Agilulfo- y fe en nuestra santa causa!
-Claro, claro, muy bien dicho, así es como se cumple con el deber. Bueno, para ser alguien que no existe, sois estupendo.

El caballero inexistente, Italo Calvino
Escorial 2010 (:

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