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30 de abril de 2011

El tiempo es un niño que juega con los dados; el reino es de un niño. Heráclito

Un mundo que no tiene fin, cuyo único fundamento es el de una dura lucha eterna… El orden que observamos, su racionalidad, su evolución y progreso, suponen a la vez un juego: el mundo no precisa de ningún esfuerzo para desenvolverse con naturalidad. Una armonía discordante que acaba por resolver sus tensiones opuestas. Como un Santiago Bernabéu o un Camp Nou llenos a rebosar; hinchas de uno y otro equipo que encierran deseos contrapuestos, y sin embargo, el mismo ahínco por llegar a la misma meta: ganar, llevarse la victoria y aventajar al rival. Días después, cuando uno u otro se alza con el triunfo, los contendientes vuelven a recuperar su primigenio equilibrio, eso sí, un equilibrio en tensión, casi trémulo, dispuesto a dejar saltar sus resortes frente al más mínimo roce.

Un Madrid-Barça supone también, a nivel macro y en el caso de España, el olvido de que todo va mal, de que el paro sube cada semana, cada día, cada hora; pero un par de euros para gastar en cañas de cerveza, unos cigarros para fumar en la puñetera calle y noventa minutos para reunirse con amigos -y enemigos- con el objetivo no de vitorear a un equipo (el equipo de nuestros amores, se dice), sino para olvidar, para olvidar la lucha, el espanto y la cada vez menos sonora calderilla en el bolsillo -para eso, digo, siempre hay tiempo. Ése es el objetivo, y tal el malestar, el síntoma que indica la enfermedad.

Nos duele el alma, frase muy española. La dolencia no es ahora del corazón, más bien de la cabeza: un problema de memoria que cada vez nos afecta más como nación y menos como individuos. O eso creemos. Lo que nos pasa es lo que hacen que pase. Nunca lo que nosotros hacemos que pase. Conjugar en pasiva y, sobre todo, en segunda y tercera persona del plural: vosotros tenéis la culpa, ellos son los responsables. Nunca yo, nunca nosotros.

Heráclito llenaría hoy las columnas de opinión de todos los periódicos: «los hombres ignoran que lo divergente está de acuerdo consigo mismo. Es una armonía de tensiones opuestas, como la del arco y la lira», nos explica en uno de sus fragmentos. Los contrarios suceden a los contrarios: no hay posible simultaneidad en el mismo espacio, en el mismo tiempo: no hay memoria a la vez que olvido, no hay prevalencia del Madrid a la vez que la ostenta el Barça. Eso nos enseñan los sentidos: en el mundo, en nuestra doliente España, se da un continuo devenir, el tiempo hace que todo se nos escape de entre las manos. La realidad se nos hace nada. Pero en virtud de tales contrarios nos hacemos conscientes de la sucesión, de la dependencia de unos estados respecto de otros. Continuamente se da la negación de lo contrario -tal es el modo de proceder de los medios comunicación: el paro sube, el paro baja; Messi es completo, Cristiano Ronaldo incompleto; la bolsa gana enteros, la bolsa pierde enteros; yo, nosotros, ellos.

Y sin embargo, es esta lucha la que hace posible el curso del mundo: lo contrario se pone de acuerdo. De lo diverso surge la armonía, las cosas se originan de la discordia. La diferencia y el conflicto se hacen con el gobierno de cualquier proceso individual y social: enfermo porque estoy sano, y vuelvo a estar sano porque dejo atrás la enfermedad. «Debemos saber -escribía Heráclito- que la guerra es común a todos y que la discordia es justicia y que todas las cosas se engendran en discordia y necesidad». El placer de las cañas del bar no surge sino al precio de olvidar, de cerrar los ojos ante otra realidad. Sin esta perpetua dialéctica, las cosas se corromperían, dejarían de ser.

Pero en España tenemos un gusto especial por despedazar las diferencias, por hacer de cada estado algo absoluto: si ahora estamos bien, para qué preocuparse (el peligroso “se” impersonal) del antes, incluso del después. La vida es para disfrutarla: déjate de penas, hombre. Olvidamos, nosotros, enfermos de reminiscencias, que es precisamente la enfermedad y su recuerdo los que hacen tan agradable el estado de salud. España escapa de esta consideración, y aquí lo que se lleva es vivir el presente, oiga. Nada de que la vida es deseable porque nunca se estabiliza, porque siempre hay cambio, movimiento; no, aquí nos gusta estar tranquilos. Un aquí absoluto: un aquí para siempre.

Enciende la tele, pega un par de gritos, y consuélate, enferma aún más. Olvida. «Porque, a pesar de que todas las cosas están sometidas al devenir de acuerdo con esta razón, parece como si los hombres no tuvieran de ello ninguna experiencia».


Autor: Carlos Javier González Serrano

en el blog, "El vuelo de la lechuza"

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