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23 de julio de 2011


Estas semanas de julio hemos ^_^ vuelto a ver la cuarta temporada de The Wire. Una de las series más aclamadas de los últimos años aunque demasiado tímidamente y en círculos excesivamente “académicos” y frikis (versión deluxe por supuesto).

Uno de los personajes que menos me gustó en un principio Pryzbylewski, un simple patoso y terrible inútil policía, se ha convertido en la metáfora de mi motivación estival. Un verano inmersa en cursos de recuperación y en niñxs enclaustradxs, ajenxs a cualquier tipo de motivación, ante un panorama desolador: verse castigadxs durante dos meses de vacaciones a recuperar todo lo suspendido durante el curso. Siendo así, todas las toallas lanzadas al vacío durante el curso están en busca y captura a lo largo de estas semanas.

Lxs responsables, últimxs, curiosamente no son ellxs. Como al igual que en The Wire lxs niñxs de la escuela tampoco lo son de la adicción de sus progenitores a las drogas, ni del barrio en el que nacieron, ni de las balas perdidas en medio de la noche. Ellxs señalan a lxs causantes de que se encuentre allí, evidentemente sus familias, sus profesoras/es… utilizando siempre esa curiosa forma que tienen de hablar utilizando la tercera persona del plural. No saben quiénes son, pero sí que no son ellxs.

No dejan de llamarme la atención sus herramientas de trabajo, libros mal subrayados, caricaturas de profesores al lado del cuadro de algoritmos, un dibujo de la caverna de Platón donde los prisioneros en lugar de ver sombras fuman porros, cuadernos nuevos con sólo dos folios usados y dos fechas escritas ambas de septiembre. En el tiempo comprendido entre septiembre y julio no escribieron nada. ¿Qué ha pasado mientras tanto? Entre expulsiones, cambios de escuela, de clase, de ciudad…mientras se estuvo sin estar en un espacio llamado, a modo de convención y chiste, escuela.

Pero puede que más allá de responsabilidades (en mayúsculas y minúsculas) y entresijos familiares, esta sea la única forma que encuentren de llamar la atención, una oportunidad de decir y gritar: “aquí estoy! mírame!”.

Me entristice por otro lado escuchar siempre el mismo comentario por parte de los profesores/as más experimentados, entonando con condescendencia y paternalismo, la infalible receta del éxito, aludiendo como siempre a la gran losa del tiempo. La única que al parecer es capaz de generar profesionalidad, donde según parece ya nada te toca ni te mueve por dentro, porque cuando “te acostumbras” dejas de llevarte el trabajo a casa. Es cuando las cosas del colegio se quedan en el colegio. Al parecer es tan sencillo como cruzar una puerta, una vez cerrada dejan de dolerte las personas que se quedaron dentro.

Sin embargo sigo tarareando “Leave the kids alone” mientras me autoconvenzo de lo relevante de la vocación del profesorado a través del, ahora simpático, Pryzbylewski quitando con un cincel los chicles de debajo de los pupitres de sus alumnxs mientras escucha la música de Johnny Cash. Deformación profesional, supongo.

1 comentario:

5minutos dijo...

Brillante como tu!

Un abrazo fuertote