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27 de diciembre de 2011


Nora en la ventana miraba cómo el aire del anochecer le levantaba el vello de los brazos. Ya sabía de tiempo que estaba embrujada. Algunas palabras de Aránzazu y de su padre le llegaban entre el martilleo de los diques. No había salvación para ella, porque los miedos la acorralaban, rodeándola, como los animales fijos y mudos del cuarto de abajo. El embrujo daba una explicación extraña a cada uno de los espantos del día. Era triste y fea; tenía las manos grandes, los codos puntiagudos, desparejos los gritos y las risas. Toda la gente tenía ojos de sospecha y pregunta para mirarla. Ahora sintió el embrujo rodeándola, como había sentido, tantas veces, la muerte. No podía llorar; el cuerpo escalofriado preso en el embrujo. Retrocedió de espaldas en la sombra del cuarto, mirando siempre a la ventana. Estaba llorando sin muecas, calladamente, llena de lástima y miedo, piedad y temor por estar encerrada en ella misma, entre los duros huesos, la piel tensa, encerrada en el implacable sortilegio que la envolvía.

Tierra de nadie, J.C. Onetti

2 comentarios:

5minutos dijo...

Me recuerdas a los textos que ponen en los vagones del metro para animar a la gente a leer, que te dejan siempre con ganas de más!!!

Irene dijo...

^_^