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4 de agosto de 2013

Quijote...



Un hombre de 50 años, relativamente pobre y con tiempo que le sobra, empieza a leer libros sobre caballeros andantes. Animado por las lecturas, decide renunciar a su quietud: recusando la inevitabilidad de la pequeñez, quiere ser grande. En el sacrificio y el enfrentamiento vislumbra el camino de la grandeza. Los vecinos lo tienen por raro y loco. Consigue, no obstante, reclutar a un escudero, que, aunque no cree en sus fantasías, se deja seducir por ellas. De las distintas batallas que entabla, el hombre gana algunas, pierde otras y empata las que más. Traído de vuelta su casa, doliente, delira, advierte que se ilusionó y muere.
Esta es la historia de don Quijote y Sancho Panza. Una historia que en la que el Quijote se va sanchificando y Sancho, quijotizando. Es una historia sobre el trabajo del amor y la imaginación ante la muerte. Trata de cómo vivir cuando se ha tomado consciencia del desfase entre las circunstancias de apocamiento en que todos vivimos y el infinito deseo de infinito. Esta historia trae un mensaje pertinente para una sociedad y una cultura como las nuestras, que dificultan y desautorizan todo intento de ir más allá de lo que puede verse y tocarse.
Ideologías y religiones, proyectos de renovación política, estética y moral traen al mundo moderno el mensaje de  los caballeros andantes. Cargan  la miríada de intereses con fantasías e inspiran la lucha contra las rutinas y soluciones hechas. Y la imaginación actúa dos veces: abrazando esos mensajes y luchando contra ellos, para decantarles la ilusión. Cuando la imaginación, animada por la ilusión, empieza su guerra, precisamente, contra la ilusión, nadie sabe si el resultado será una mejor comprensión del ideal o de la nada, el nihilismo.
Roberto Mangabeira Unger
La imaginación abre el camino del amor. Al principio ninguno de nosotros es nadie. Incluso cuando nacemos en situaciones privilegiadas o tenemos éxito en nuestras empresas, recibimos de la sociedad un guión que nos indica cómo proceder, pensar, sentir. Al someternos a ese guión, morimos poco a poco. Para ser personas, para aumentar nuestra capacidad de amar y ser amados, hemos de prescindir el guión. La esencia de la sabiduría consiste en aprender a desprotegernos. Eso mismo nos enseña la imaginación. El error fatal está en apelar al distanciamiento irónico para protegernos de la desilusión y del riesgo. Esto nos momifica.
De las muchas razones para democratizar la sociedad y garantizar los derechos del individuo, la más importante es permitir que cada persona se engrandezca, rompiendo la momia que la va matando. Las ilusiones políticas que más debemos temer son las que toman determinadas  instituciones como formas definitivas de la libertad y ponen así fin a la lucha contra la momificación.
Tanto la aventura moral como la transformación política tienen un inconveniente: la inseguridad del camino. Siempre hay caminos distintos y nunca es clara y segura la elección. Debemos descubrir qué es más ilusorio y qué lo es menos. Para eso, no bastan libros sobre caballeros andantes: hay que salir al campo, arriesgarse a perder, superar desvaríos, sufrir desilusiones. La acción trae consigo conocimiento y esperanza. De la imitación de la grandeza también nace la grandeza.
Si lxs brasileñxs ricxs y pobres, doctxs e iletradxs,  comprendieran todo esto, tendría más compasión unxs para con otrxs y una visión engrandecida de la vida y de sus posibilidades. Que nuestros quijotes se sanchifiquen. Que Brasil se quijotice, aunque sólo sea un poco. Es lo que deseo para mi país, con más fervor del que puedo justificar y entender.

Columna publicada en el periódico- Folha de São Paulo

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